El estudio reveló que el 64% de los Millennials y la Generación Z resignó beneficios laborales a cambio de viajar más, consolidando al turismo como una prioridad vital y no solo recreativa.
Una de las principales tendencias fue el sight-doing, que reemplazó al turismo contemplativo por experiencias activas. Los viajeros dejaron de “ver” destinos para empezar a vivirlos, participando en talleres de cocina, arte o actividades tradicionales que los conectaron con la identidad local.
En paralelo, el lore chasing ganó protagonismo como una forma de viajar basada en la espontaneidad. Los turistas buscaron experiencias inesperadas que generen historias únicas, priorizando encuentros con locales y situaciones fuera de lo planificado por sobre los itinerarios rígidos.

Otra de las tendencias en crecimiento fue el snackpacking, una práctica que consiste en recorrer supermercados, panaderías y puestos callejeros para probar sabores típicos. El 89% de los encuestados consideró clave consumir comida local como parte de la experiencia de viaje, consolidando a la gastronomía cotidiana como puerta de entrada cultural.
Este cambio también reflejó una transformación en la forma de construir recuerdos. El 76% afirmó que las habilidades o conocimientos adquiridos durante el viaje perduran más que los souvenirs materiales, lo que refuerza el valor de las experiencias por sobre el consumo tradicional.
En este contexto, el turismo evolucionó hacia un modelo más inmersivo y emocional. Viajar dejó de ser una pausa para convertirse en una extensión de la identidad personal, donde cada decisión responde a lo que el viajero quiere vivir y no solo a dónde quiere ir.
Así, el mapa global del turismo se redefinió en torno a experiencias con sentido, donde la autenticidad, la cultura y la vivencia directa marcaron el rumbo de una industria en plena transformación.






